jueves, 4 de abril de 2013


EL BORRACHO

 

 

 

Tendido en la cama del hospital, había oído las conversaciones de los cardiólogos, que desconcertados trataban de explicar los síntomas y signos relatados por él.

 

Desde que se había vuelto un borracho peleador, había comenzado a sentir como si alguien le quisiera sacar el corazón; incluso perdía el sentido y, cuando lo auscultaban no se le escuchaban los latidos cardiacos.

 

Estando solo en la habitación vio como ésta se iluminaba. Empezó a recordar momentos de su niñez y de pronto oyó una voz que le decía:

 

-Pinocho, te lo advierto: si continúas comportándote mal, ¡te quito el corazón para siempre!

 

 

 

Galdjú Belrod

 

LA DE LA REVISTA

 

 

 

Medellín a las 5.20 de la mañana, percibida desde sus montañas es fría y oscura. En especial cuando se está esperando, en medio de una llovizna pertinaz, un bus que pasa en forma irregular cada 30 minutos y que, si uno no tiene la fortuna de cogerlo a tiempo, lo hace llegar tarde a una reunión de trabajo citada a las seis en punto.

 

Por eso pararme a adivinar el sonido de los motores, intentando saber sí el qué se aproximaba desde la oscuridad era un vehículo liviano o pesado, me absorbió toda la capacidad de pensamiento y me impidió concentrarme en algo diferente al cumplimiento de mi objetivo: estar en el tiempo y lugar precisos, para poder tomar el bus y llegar al trabajo puntualmente.

 

Ese día cumplí mi cometido. Me monté al bus en el momento indicado. Cuando ingrese a éste, llegaron a mis oídos sonidos de un barullo que mezclaba el ritmo del motor diesel con la canción de una emisora mal sintonizada.

 

En medio del caos auditivo, me ubiqué en la penúltima banca del lado derecho y, como siempre, me senté en el puesto que daba al interior del bus. Tanto lo del lado escogido, como lo del asiento fueron actos repetitivos, pero no lo hice por agüero, sino por comodidad: así podía estirar mejor las piernas.

 

Una vez acomodado, cerré los ojos y me dediqué a dormitar, como para compensar el madrugón.

 

El bus ya llevaba unos kilómetros recorridos cuando ella se subió. Por instinto abrí los ojos, como lo había hecho en cada una de las paradas. Vi que quedaban pocos puestos vacíos. Alcé mi morral del puesto de la ventanilla, me acomodé, y esperé su decisión.

 

Ella me pidió permiso para sentarse en el puesto vacío. Segundos después estábamos reacomodados, y yo había vuelto a cerrar los ojos, dispuesto a continuar dormitando, cuando percibí un olor tenue, fino. Inspirador.

 

Disfruté del aroma, hasta el momento en el que sentí aposentarse sutilmente sobre mi muslo su rodilla. Sin abrir los ojos disfrute ese contacto y comencé a recordar a la chica del cabello ensortijado que conocí en el rural.

 

En ese tiempo los viajes desde Medellín hasta San Roque duraban, con buena fortuna cuatro horas y sin suerte muchas más. En ellos empezamos a encontrarnos.

 

-Hola.

 

-Hola

 

Era todo lo que nos decíamos cuando nos saludábamos dentro del bus, hasta el día en que sentado en el puesto de siempre coincidimos. Ella decidió sentarse en el puesto de la ventanilla.

 

Nos fuimos conversando de temas que para ella eran emocionantes, y a mí me hacían sentir importante. Al fin y al cabo los signos y síntomas de las enfermedades, así como los diagnósticos referidos a través de relatos, tienen para quienes nos escuchan ocasionalmente un embrujo que los hace atrayentes.

 

Con cada viaje fuimos haciéndonos más amigos. Amistad que por casualidad se topó en una esquina de ese pueblo, al final de una tarde, con un aguacero que empezaba a amainar, y con nuestros besos y nuestros abrazos.

 

Cuando abrí los ojos, ya clareaba; ella continuaba con su rodilla contra mi muslo. Mi destino se encontraba cerca, y había escampado.

 

Al descender del bus me quedé mirando las ventanillas de ese lado y la vi. Era parecida a la imagen de la chica del magazín que me tuvo platónicamente enamorado durante la adolescencia. Pensé que ese era otro recuerdo y nada más.

 

Sin prestarle mayor atención al recuerdo, empecé a caminar hasta la panadería de la esquina donde iba a desayunar.

 

Justo al ingresar vi al panadero dejar sobre el mostrador una bandeja de panes deliciosos, yo iba a coger uno cuando una voz femenina dijo:

 

 -señor, me regala una servilleta por favor.

 

Como un autómata suspendí los movimientos de la mano y dirigí la mirada hacía la dueña de esa voz. Literalmente, ¡me paralicé! La impresión fue grande. Ante mí estaba ella: ¡la de la revista! Con más años, pero con sus facciones intactas.

 

Me sentí aturdido, debí parecer un estúpido. Ni agarraba el pan ni retiraba los ojos de esa extraña que me miraba como preguntándome -tal vez por mi cara de sorpresa-: -¿Nos conocemos?

 

Quise contarle sobre mis sentimientos de adolescente, de los momentos que vivimos su foto y yo. De la chica del bus pero…, me contuve. De todas maneras, “lo nuestro” era parte del pasado. Yo para ella era un extraño, y el tiempo, implacable, reclamaba mi presencia en otro lugar.

 

 

 

Galdjú Belrod
16/10/08

EL CLARINETE DEL VIEJO LUCHO

 

Antonio era uno de esos niños costeños vivaracho, extrovertido, entrador, que no tenía obstáculos que le impidieran ser feliz,  tanto así que el único escollo que tuvo para aprender a interpretar la trompeta, lo solucionó persiguiendo al viejo Eladio por cuanta parte del pueblo él se presentaba.

 

Al viejo le cayó en gracia el mocoso por atrevido y desenvuelto, por eso no sólo le prestó su instrumento, sino que además se lo enseñó a tocar, y cuando ya vio cercana a la parca, se lo dejó de herencia.

 

Fue con esa trompeta con la cual salió a recorrer, primero todo su pueblo y después los demás municipios de Bolívar.

 

Fue estando en Cartagena donde conoció a los integrantes de la Sonora Tropicana, y se unió a ellos en su correría por las ferias del país.

 

Estaban en una de esas ferias bonitas del interior, cuando conoció a Susana, una persona que lo marcó para toda la vida, y lo puso a vivir bueno con su mujer.        

 

La noche en que la conoció era de sábado, en los primeros meses de 1968.

 

Eran las 8.30 p.m. cuando el animador anunció la presencia en el escenario de la sonora Tropicana. Los músicos comenzaron la tanda con: “Sal si puedes”. El público respondió de inmediato. La pista se llenó de parejas que, entusiasmadas bailaban al son de la orquesta más importante del momento.

 

Todo transcurría según lo programado, hasta el inicio del primer descanso, cuando Antonio, aprovechando esos minutos, salió a la terraza del club a fumarse un cigarrillo. Allá vio varias parejas que reían y celebraban con entusiasmo la mejor fiesta de la feria. También vio a una dama de talle singular que inexplicablemente estaba sola.

 

Al comenzar la segunda tanda, Antonio se acomodó en la tarima de tal manera que pudiera divisar toda la concurrencia.

 

Después de unos minutos de búsqueda, logró identificar a la joven. Se dio cuenta que estaba en una mesa cercana a la de la orquesta, adicionalmente vio que estaba sin parejo. En ocasiones bailaba con algunos jóvenes, pero después regresaba a su mesa a esperar que alguien la invitara de nuevo a la pista de baile.

 

Terminada la segunda tanda de la orquesta, el músico descargó su instrumento sobre el asiento, y en menos de un minuto estuvo en la terraza, esperanzado la oportunidad para ofrecerle un cigarrillo a la dama que lo inquietaba.

 

Durante la tercera tanda, Susana y Antonio ya no eran unos desconocidos, eran unos amigos recientes que disfrutaban saludándose con venías y miradas insinuantes, que eran correspondidas con interpretaciones musicales dirigidas a la musa.

 

Para el cuarto descanso, el músico y su amiga compartían mesa y sonrisas. Antonio llevado por el entusiasmo del momento, le informó al mesero que él se haría responsable de la cuenta, a pesar de que el champán que estaba  bebiendo la dama fuese muy costoso.

 

En medio de la quinta tanda, Antonio recorrió toda la orquesta buscando el dinero que le permitiría solventar los gastos en que estaba incurriendo, ¡y en los que iba a incurrir!

 

Con su acento costeño, y su peculiar “eche”, consiguió prestados los pesos para disfrutar lo que iba de la fiesta y lo que faltaba de ella.      

 

-“Eche compa, préstame unas barras y mañana te comparto el cuento. Con lo del toque te lo pago”.

 

A las 2 a.m. se despidieron los músicos. Antonio le encargó a Pepe Pimiento, su compañero de cuarto, la trompeta, y salió de gancho con Susana, mujer esplendorosa que había despertado la admiración de todos en el conjunto, y la envidia de varios de sus integrantes, sobre todo después del beso apasionado que le había brindado al culminar la orquesta su presentación.        

                                     ****************************************

 

Eran las 11 de la mañana del domingo, cuando ingresó el director de la orquesta a la habitación de Pepe y de Toño, preocupado por los comentarios de los demás músicos durante el desayuno.

 

Según había oído, Antonio no había parado de vomitar, y de cepillarse los dientes y la boca desde su arribó al hotel.

 

Cada vomitada suya, hacía que sus compañeros se rieran con más ganas, acompañando las carcajadas de comentarios sarcásticos y mal intencionados que empeoraban las maltrechas condiciones en las que se encontraba el trompetista. 

 

Y no era para menos. La noche del sábado había sido larga y bastante movida, hasta el momento en el que Antonio en medio de la emoción, los besos y las caricias, justo cuando iban a ingresar a la habitación, decidió profundizar en sus anhelos y se encontró con una sorpresa que los dejó a los dos sin aliento.

 

Fueron pocos los segundos que les duró el aturdimiento. En ese instante Toño no supo que hacer primero.

 

Al reaccionar se apuró a retirar las manos de ese cuerpo que minutos antes era tan deseado. Se limpió los labios, como tratando de desaparecer el sabor que ya se le había impregnado, y rechazar lo que antes había buscado.

 

Se le fue pasando la borrachera y le fue empezando un dolor de cabeza que le penetraba en forma pulsátil el cerebro.

 

Ya no sabía como llamar a ese ser que lo miraba asustado y trataba de protegerse de una agresión física que nunca se presentó.

 

Antonio afanado, intentó salir de la incómoda situación en la que se encontraba. Sacó la llave de una chapa que no abrió nada, agarró el saco y la corbata que estaban en el suelo, y corrió escaleras abajo.

 

Al llegar el músico a su habitación, Pimiento, quien apenas se estaba durmiendo, prendió la luz, se sentó en la cama, y le preguntó:

 

-¡Aja compadre! , ¿y qué fue la vaina? ¿Por qué llegaste tan pronto?

 

Intuyendo la causa de su malestar, Pepe le dijo con aire de mofa a su compañero: -no me vengas a decir compadre que, ¡semejante tronco de vieja!, tenía una mondá más larga que el clarinete del viejo Lucho.          

 

Galdjú Belrod

miércoles, 6 de febrero de 2013


     EL DIFUNTO
 

Uno siendo niño tiene experiencias que le parecen muy incomodas, y en mi caso una de ellas tenía que ver con los difuntos. Ellos me generaban un temor y unas sensaciones mentales y corporales indeseables y duraderas.

Ahora me resulta hasta cómico recordar lo perturbado que me ponía, y la debilidad en las piernas que me generaba ver a mis tías y a mi mamá vestidas de negro riguroso, hablando en voz baja, alistando las camándulas y las mantillas para salir desde la casa de mis abuelitos –ya fallecidos- hacia el cementerio.

No había forma de escapar a ese tormento. No sé si alguien más en la familia lo sentía, porque nunca fui capaz de compartir con nadie esas emociones. Simplemente me quedaba callado, me acercaba lo más que podía a mi mamá y hacía acopió de todo mi valor para empezar esa procesión silenciosa que nos llevaba hasta el camposanto.

A veces tenía la desagradable misión de ser uno de los que cargaba las flores para “arreglar las lapidas”. El olor que ellas producían se adhería a mi ropa y no me desamparaba por el resto del día, haciéndome recordar hasta por la noche dónde había estado.    

Pero lo peor empezaba cuando al voltear en una esquina, al final del pueblo, se veía a pocos metros la puerta de la necrópolis. En ese momento el temor se me incrementaba, mis manos empezaban a sudar y mis piernas se hacían débiles.

 Cuando ya llegábamos, al cruzar la puerta, las mujeres comenzaban unos sollozos leves que me entristecían y terminaban haciéndome llorar.

Luego venían los rezos, el cambio de flores y lo más aterrador: el recorrido por los otros pabellones visitando algunos parientes, que yo pensaba que podían salirse de las tumbas, como los de las películas, y hacernos daño.

Después de una peregrinación estremecedora –por lo menos para mí-, por fin decidían abandonar el recinto, ya fuera por la fatiga en las piernas o porque los hombres comenzaban a disiparse, y a hablar de temas “mundanos”, aunque yo sólo vine a comprender la extensión del término muchos años después.

Por eso aquel día no pude dejar de sonreír al ingresar a un cementerio sin miedo, y recordar lo que me sucedía antes.

Tuve que cumplir con ese requerimiento social porque había fallecido la mamá de la secretaria de mi socio. Me sentí obligado a ir, porque Eduardo me llamó desde España y me dijo que ni él ni su esposa podrían –por circunstancias obvias- asistir. Que me agradecerían infinitamente sí yo, en representación de la empresa iba, y presentaba las condolencias en nombre de ellos y de nuestra corporación.

Tuve que ir a las ocho de la noche porque la agenda laboral me impidió hacer presencia en otra hora del día.

Cuando ingresé al cementerio el vigilante me preguntó:

-Buenas noches señor. ¿Usted va para el velorio de quién?

 Ahí, en ese momento empezaron mis problemas. Yo no sabía cómo se llamaba la señora, por eso le respondí que yo iba para el velorio de una anciana. El vigilante me dijo que ese día había dos difuntas que eran ancianas.  

Ante esa perspectiva, el señor me dijo:

-Va tener que ir a las dos salas a ver cuál es la difunta que usted viene a acompañar.

No tuve más remedio, me tocó ir a ver en cuál de las salas estaba la difunta que yo debía visitar.

Al parquear el vehículo miré lo que me esperaba al frente. Lleno del valor que da la resignación me dirigí a saludar a Rosita. ¿Rosita qué?

Hombre, uno si es muy descuidado, ¿cómo es que yo no me sabía el apellido de Rosita? Pues claro, como uno pasa por el frente de su escritorio todos los días y le dice: buenos días Rosita, y sigue para la oficina y, ni siquiera oye si ella responde o no.

Total ahí estaba listo para entrar a una sala de velación, a preguntar por Rosita, la que trabaja en una distribuidora de productos importados.

En la puerta había un grupo de damas ataviadas con prendas que denotaban su poco uso, por su buen estado y lo estrechos que les quedaban.

-Buenas noches señoras, -les dije-. Y para no demostrar mis dudas decidí preguntar sin asomo de indecisión por Rosita.

-Bien pueda “dotor”, siga que ya se la mando llamar. -me respondió la menos escotada-. Ella salió un momentico a la cafetería pero no se demora. Siga, siga y se sienta. 

Yo feliz de no haber tenido que buscar mucho, seguí y me senté en una silla que estaba vacía.

Inmediatamente comenzó un rumor por toda la sala, que se hizo tan evidente que, hasta los que le estaban rezando a la difunta pararon sus oraciones para mirarme.

En esas se acerca un señor con tufo a licor y me dice:

-Usted si es muy valiente, yo lo admiro. ¿Se va a tomar uno para pasar el susto?

De inmediato me empezó un sudor frio por todo el cuerpo y dije para mí mismo: ¿Por Dios, dónde me metí?

Ya iba a preguntarle algo al señor que me había pasado la botellita plástica de gaseosa llena de aguardiente, cuando dos señores lo pararon y se me sentaron al lado.

-Entonces, ¿Usted vino preguntando por Rosita?

-Si señores, como no, yo vine porque mi socio no está en el país y me pidió el favor de que la visitara y le presentara su pésame por la muerte de la mamá.

-Pero es que a Rosita no se le murió nadie. -dijo uno de los señores.

El corrientazo que me recorrió el cuerpo hizo que yo apretara tanto la botellita que sé le salió la tapa. Ante esa circunstancia, y en búsqueda de alguna idea que me sacara de ese embrollo, les ofrecí la botellita y me agaché a recoger la tapa. Ninguno me aceptó la invitación. Yo ante la incomodidad que iba sintiendo decidí tomarme un trago. ¡Qué cosa tan fuerte la que había en esa botella!

-Oiga ¿señor?

-Gustavo, Gustavo Londoño. -Le respondí al que me preguntó.

-Oiga señor Londoño, yo soy el marido de Rosita, ¿cómo le parece? Y desde que la saqué a vivir conmigo le prohibí el contacto con los que eran sus clientes.

Vea hombre, en ese momento se me enfrió todo. De inmediato me compuse en la silla. Mientras tanto la gente se iba saliendo calladita del velorio, y uno que otro me miraba compasivo.

-Un momento señores, -dije-. Aquí hay un error. Si la muerta no es la mamá de Rosita, entonces ¿quién es la difunta? Porque yo vine a presentarle las condolencias a una señora llamada Rosita a la que se le murió la mamá, y me dijeron que aquí la están velando.

Me mira el señor que estaba más serio y me dice:

-¿Usted me cree a mi pendejo o qué?

-¿Cómo así señor? -le respondí, y añadí-. No, lo que yo le pregunté es en serio.

-Vea hombre Londoño, aquí no hay ningún muerto.

Ahí si se me vino todo el mundo encima.

-¿Cómo así que aquí no hay ningún muerto?, y ese cajón entonces ¿qué tiene?

-Todavía está vació hombre Londoño, -me dijo el señor-. Pero parece que es por poquito tiempo. –Agregó sonriéndome.

Yo no aguanté más, sin pedirle permiso a nadie me bebí lo que quedaba de la botellita.

De pronto alguien se le arrimó al señor y le dijo:

-llegó Rosita.

Yo pensé: gracias a Dios llegó esa señora, así ella va a poder explicar todo y yo me voy a poder ir.        

En esas entra una señora despampanante. Se para el señor que me estaba interrogando, la increpa y le dice:

-Rosa, ¿usted conoce a este hombre?

Y ella le responde:

-No tengo la menor idea de quién es, y apúrese que ya vamos a llevar a incinerar a la difunta, para poder enviar las cenizas para España.

-¿Y entonces?, ¿qué hacemos con éste? –Alcance a oír yo que preguntó alguien.

-Hay que meterle peso al cajón, -dijo el esposo de Rosita.

No hubo tiempo de nada, terminada la frase sentí un golpe en la cabeza y no supe de mí.

Un ataúd no es tan cómodo como lo hacen ver. Cuando abrí los ojos, estando dentro de uno de ellos no veía nada, todo estaba oscuro, muy oscuro. Sólo oía la voz de alguien que respondía unas preguntas que, me imagino, le hacían a través de un celular. Por el movimiento ondulado que realizó el carro, creo que pasé por una serie de resaltos, en cada uno de ellos me dolió más la cabeza.

No sé porque se detuvo el coche mortuorio. De pronto sentí que jalaban el féretro, un minuto después del conductor le dijo a alguien al final del celular:

-Este cliente sigue privado, yo estoy asustado de verlo tan pálido, y de ver la cantidad de sangre que ha perdido. Este hombre parece muerto. ¿Qué hago? A bueno, pero el hombre va mal.             

Según mis cálculos no habíamos recorrido nuevamente ni un kilómetro cuando el vehículo se volvió a detener. Yo logré oír algo antes de desmayarme:

-Buenas noches señor, somos soldados del Ejército Nacional.

-Buenas noches oficial.

-¿Está trabajando señor?

-Si oficial, de trabajo.

No logré oír nada más. De pronto me despertó un alarido. Después vinieron muchos más gritos. Entre varios soldados me sacaron del cajón. Uno de ellos me decía:

-Tranquilo señor, no se me vaya a ir, no se me vaya a ir. Y me chuzó en la parte anterior de los antebrazos y de las manos. Me inyectó algo en el tórax que me dio calor. También me masajeaba en el pecho, en el lado del corazón.

Vi muchas luces, oí muchos gritos. Después llegó una ambulancia. Me montaron en ella, todo el mundo corría. Inesperadamente todo volvió a estar oscuro y no recuerdo más.

Según me contaron llegué en muy malas condiciones al hospital. Me tuvieron que drenar dos hematomas del cráneo. Pasé cuatro días con un tubo entre mi boca, pegado a un ventilador que respiraba por mí. Luego estuve en una sala que llaman UCE.

Da la UCE pasé a una habitación donde por fin el médico autorizó que me prendieran el televisor. Le pedí a la enfermera que me pusiera las noticias.

-¡Por Dios, es Eduardo! -empecé a gritar-, es Eduardo. ¿Qué le pasó?

La enfermera que me estaba aplicando un medicamento me mira y me dice:

-Tranquilícese don Gustavo, a ese hombre lo encontraron ayer en un apartamento en España. Parece que su muerte se debió a un ajuste de cuentas por un cargamento que nunca llegó a ese país.

Gadljú Belrod.

01/06/09

 

martes, 6 de noviembre de 2012


Medellín, 30 de octubre de 2012.

Hola Ángela, Mateo y Susana, deseo que estén bien.

Les escribo desde mi corazón, y desde una condición que en este momento aún no entiendo que tan buena fue, pero fue la que me toco vivir.

Cuando mi papá (Alejandro Bernal) comenzó sus grandes dificultades, es decir cuando además de ser diabético, súper alérgico a todos los analgésicos, asmático, usar sonda vesical por el problema tan severo de próstata y vejiga, tener Parkinson, y reconocerse a sí mismo como una persona que estaba sufriendo de Alzheimer, y se dio cuenta de que lo iban a amputar, yo tuve que hacerle frente a tres realidades:

La de ser su  hijo –el mayor para acabar de ajustar-.

La de ser médico.

La de tener mi propia familia.

Como su hijo y en parte su médico, trate por todos los medios de ayudarle. Situación que me puso en jaque con mi hijo Felipe, que a su corta edad no entendía porque yo ya no tenía tiempo para jugar con él, y sólo nos veíamos en las habitaciones de los hospitales, cuando Liliana y Felipe entraban a saludar al abuelito enfermo, y allí nos encontramos, porque yo madrugaba a cuidar a mí papá, trabajaba, y por las noches me quedaba hasta muy tarde en la misma misión.

Total: no atendía como debía mi vida con mi familia. Pero…es que estaba despidiendo a mi papá. En una despedida dura, muy dura, y larga, muy, pero muy larga.  

Además vi como mi mamá sufría con paciencia, y cuidaba con amor y esmero a mi papá. Un papá que cada día se desmejoraba más y más, hasta postrarse en una cama, y no poder valerse para absolutamente nada por sí mismo.

De mis hermanos, igual, la misma vida para todos: hospitales, consultas, sufrimientos, trasnochos, madrugadas, llamadas a altas horas del amanecer para saber que nos teníamos que vestir a la carrera, y salir para la casa de mis papás a ver qué decidíamos hacer con mi papá, que otra vez estaba mal.

Corríamos a ver un papá que alguna vez fue muy severo, un papá con algunos defectos, pero un papá único: ¡nuestro papá! El que nos acompañó en todo. Un hombre sin igual, un hombre que bajo su forma de ver la vida nunca nos falló, y a su manera nos amó con todo su corazón;  un hombre al que su vida se le apagaba minuto a minuto, sin que pudiéramos hacer nada más que estar ahí, ahí, viendo como es la vida, y como se apagaba su vida.             

Y entre sufrimiento y sufrimiento fueron pasando tres largos años, sobre todo el último, en el cual, mal contadas tuvimos ocho hospitalizaciones en siete meses.

Y llegó el momento, el momento en el cual todos decidimos, pero sobre todo yo decidí.

Yo soy el médico, el médico que no le falló en ninguna hospitalización, el médico que siempre  procuró sus mejores cuidados en salud, y el médico que un día se sentó frente a sus hermanos y su mamá, y les dijo: - mi papá se está muriendo, y yo por misericordia infinita les pido que lo dejemos morir en la casa, no lo llevemos más a los hospitales, dejémoslo ir ya. Ya no lo atajemos más. Él no merece sufrir más.

Esa decisión fue en principio mía, esa decisión, dura, durísima, pienso yo, la tomé con el corazón. 

Fueron tres días larguísimos, tal vez los más largos que todos en la familia  hemos vivido, pero cuando mi papá se volvió visible sólo a los ojos del corazón, ninguno de nosotros sintió la tristeza de no haber estado ahí, con él, acompañándolo, despidiéndolo…

Cuando ese cuerpo maltrecho ya no tenía el ser de mi papá adentro, cuando no lográbamos ningún contacto con él, no le fallamos, lo acompañamos en nuestra casa. Lloramos, rezamos, y sufrimos juntos, pero no se lo entregamos a unos seres  inmisericordes que no lo iban a salvar, sólo lo iban a torturar, nos iban a torturar, y sus tormentos, que no curaban, no se iban a compadecer ni de mi mamá que también se estaba enfermando ni de nosotros que estábamos devastados, y de mi papá que hacía rato se había ido, aunque su corazón aún latía. ¡Le cumplimos, nos cumplimos! Hice mi mejor acto como médico. No dejar que mis colegas alargaran una agonía. Muchas agonías.   

Obviamente extrañamos a mí papá, y al principio fue duro recordarlo, pero ahora cada vez que lo recordamos nos reímos, y gozamos la presencia espiritual de mi papá.

Porque mi papá vive, vive en nuestros corazones, y en las grandes obras que dejó, es decir, en la formación que nos infundió, nosotros somos sus obras, además de ser sus creaciones, somos quienes demostramos que mi papá vive, y vivirá por siempre, mientras nosotros seamos buenos, y honremos su memoria.

Fue simpático para mí, por decir lo menos, que al otro día de haber despedido a mi papá, mientras iba en el bus para el trabajo, fui consciente de que en Medellín nada había cambiado, todo el mundo seguía con su afán. En mi corazón había congoja, y paz, y en Medellín la vida seguía igual.

Después, han venido los recuerdos, y ha sido muy agradable saber que mi papá vive, y vive muy bien, procuramos recordarlo lo mejor posible, destacamos sus virtudes, y lo vivimos con amor.

Ángela, Mateo y Susana deseo que mi vivencia de lo que es el dolor de hijo, la incapacidad de médico, la paz que da el amor, y la fe en que resucitamos a la vida eterna, los ayude en estos momentos, que sólo son soportables si se viven en familia. Si se viven con amor

Es mi deseo que ante la realidad de la vida, ustedes tres honren a Germán, como el gran hombre, papá y esposo, que es, y que al igual que podemos hacerlo nosotros, en su momento la alegría de haberle cumplido a Germán, les permita recordarlo con amor y alegría.

Le pido a Dios que cuando el paso a la eternidad se dé, ustedes lo vivan con la esperanza de la vida eterna, y la tranquilidad de haber hecho todo lo que uno hace por amor.     

   

Con cariño.

 

Guiller.

 

 

 

jueves, 25 de octubre de 2012


A Felipe.

Hola hijo querido, somos mami y papi, es decir los de siempre. Los que siempre hemos estado y estaremos junto a ti.

Hoy es un día muy especial, porque te han invitado a reflexionar, es decir a pensar, y cuando uno piensa, lo hace sobre lo bueno, lo regular y lo malo. El pasado, el presente y el futuro. Se recuerda con cariño, se recuerda con amor, a veces con tristeza, y a veces hay una ensoñación.

Cuando a nosotros se nos pregunta por Felipe, el corazón se nos agranda, se nos llena de alegría, y nos dedicamos a hablar del gran hijo que tenemos, de lo juicioso que es, de las gratas noticias que nos llegan del colegio, gracias a que es buen estudiante.

Es emocionante conversar contigo y saber que jugaste con tus amigos del colegio, que estás viviendo cada uno de tus días escolares con alegría. Es emocionante recogerte los sábados y saber que disfrutaste tu clase de futbol, que hiciste pases para goles, y a veces hasta hiciste goles.

Que aprendes las notas musicales, que tienes aptitudes musicales, que recuerdas las obras musicales que te aprendes, y que fuiste el primero en música en sacar 100 este año. ¡Qué alegría Feli! Qué bueno que te gusta la música, arte al cual nosotros los Bernal le debemos tanto, tanto, tanto…    

El sábado pasado fue espectacular ver como la coordinación de tu cuerpo, y la capacidad rítmica que tienes, te permitió bailar como tú bailas. La presentación fue magnífica. ¡Vas muy bien en Hip hop!            

Bueno, hay cosillas que ya no son tan buenas, a veces tu terquedad hace que todos en casa nos ofusquemos, uno no puede estar diciendo a toda hora: “ya voy”, y no va. Uno tiene que ir. Y a uno no lo van a esperar toda la vida, Uno tiene que estar en el lugar indicado en el momento que lo necesitan, y no cuando uno decide, porque a veces la decisión de uno va en contravía de los que la sociedad requiere, y si uno no se monta rápido en el tren de la vida, ese tren lo deja, y uno entonces, ¿para dónde se va? El tren de la vida no se detiene, disminuye la velocidad para que los que estén listos se suban y sigan. Los tercos a veces no se suben en ese tren.  

Feli, ¿por qué siendo tan buen estudiante y tan concentrado para armar legos, no lo eres para hacer las tareas que no sean de matemáticas? A veces tu falta de concentración nos alarga las actividades, y nos coge el tiempo haciendo tareas que sí estuvieras concentrado, las terminarías bien y en menos tiempo.

Y como siempre hay un pero, el pero contigo Feli, es la comida. ¿Cómo vamos a hacer para que comas adecuadamente? Feli, ya sabes que si uno no come bien no crece. ¡Hay que comer adecuadamente!

Como papás es grato para nosotros mirar para atrás en el tiempo y saber que cada uno de los minutos que hemos vivido, desde que llegaste a nuestra vida, a sido magnifico. ¡Eres el mejor hijo que hay! Nos alegras la vida, y nos invitas a vivirla con emoción. Dentro del pasado ya está el paseo a los parques en Estados Unidos, un paseo que nos merecíamos como familia, y en el cual disfrutamos cada momento. Recuerdas como brincabas de emoción cuando ibas a entras a Legoland, y recuerdas la alegría que nos dio a los tres, que pudieras montar en el Roquet.

En el presente como familia trabajamos unidos, y luchamos conjuntamente por nuestro bienestar. Nos es grato llegar a casa u compartir nuestras vivencias, sabernos amados y amorosos los unos con otros. Saber que todos los días nos acostamos contentos, y al otro día nos levantamos alegres a enfrentar nuestro quehacer diario.

El futuro lo vemos con esperanza, con fe infinita en que nuestra labor diaria ha estado dando frutos y nos dará otros  más dulces. Somos una familia convencida de que el trabajo en equipo mejora los resultados, y nos permite aspirar a logros mayores, tanto espirituales como materiales. Deseamos que sigas siendo un hijo juicioso, educado, simpático, ágil, diligente, y sobre todo, un hijo tan amoroso como eres con nosotros, tus papás que te amamos con todo el corazón.   

Hoy hijo querido es un día para darle gracias a Dios por permitirnos vivir con alegría cada momento en familia, hasta los de las tareas que no son de matemáticas, y los de las comidas. Recordamos en todo momento tus sonrisas llenas de amor, tu manera de bailar, y tu timidez que quieres superar, y ser más abierto a los demás.     

Es el momento de darle gracias a Dios por los seres queridos. Por los momentos agradables que hemos pasado juntos. Somos una familia a la que Dios le dio cinco talentos y estamos trabajando unidos, para que cuando Él nos los reclame le podamos entregar diez o un poquito más.

Bueno Feli, hijo querido, disfruta tu día de reflexión, comparte con todos tus amigos, lucha porque el niño de hoy y el futuro hombre del mañana, cada día sean mejores. ¡Ah!, y cómete toda la comida.

Con nuestro amor, para nuestro hijo: mami y papi          

viernes, 17 de agosto de 2012


Hoy hace 15 años…  

Hola Felipe, se nos fue tu primera infancia, y nos llegó la segunda. Mejor dicho dentro de poco serás un preadolescente. Uno que ya sabe montar en bicicleta.

Feli, hoy -16/08/12- mami y papi estamos celebrando nuestros 15 años de casados, aunque llevamos 18 años caminando juntos. Fueron tres de noviazgo.

Y desde hace más de 18 años somos tus papás. ¿Sabes por qué el tiempo de papás se mide así?

Feli, porque Lic y yo, juntamos nuestros saberes y deseos en una pareja que ya lleva más de tres lustros de alegrías, emociones, encuentros y vivencias.

Porque lo soñado, lo anhelado no se alcanza al otro día. Los deseos se planean, no se dejan al azar. Tu no naciste de cualquier par de papás, nosotros no nos encontramos un día, y de buenas a primeras, y sin más, sin pensarlo; “Sin salabín”. Nació Felipe.

Feli: tu hijo querido, fuiste buscado, anhelado, ¡deseado!      

Ahora mami y papi vivimos nuestra misión de padres en medio de una dedicación cuyo meridiano eres tú, quien tiene una vida llena de compromisos que nos obligan –a los tres-, pero, además nos hacen más cercanos, y nos permiten disfrutar más nuestras vidas.

¿Por qué tu mamá es mi esposa?

Feli mijo, porque tu mamá es muy bonita, y al decir bonita también entra la palabra hermosa en la definición, pero esa no es la principal característica de mami.

Lic es bonita en su ser. Es esa campanita que nos despierta todos los días y nos anima a seguir viviendo con energía. Ella se goza la vida, siempre brilla con luz propia, y nos ha impregnado ese influjo vital que nos destaca, y nos permite darle gracias a Dios por lo vivido.

Somos alegres porque mami nos ha enseñado a ser entusiastas. Entonces Feli, vuelvo al principio. Hoy hace 15 años nos casamos mami y yo.

Feli, la unión entre un hombre y una mujer como papi y mami, da vida a seres tan maravillosos como tú, pero, recuerda: es el amor el que nos ha permitido vivir juntos y felices.

Felicidad no significa vida sin obstáculos, significa unión y entusiasmo para superarlos y poder seguir adelante.

Y amor sin respeto no existe. Mami y papi nos respetamos y por ello estamos seguros el uno del otro.

Los éxitos en nuestra empresa familiar: FLA, se deben a que andamos con los pies en la tierra, y sabemos de que estamos hechos. 

Por eso Feli, hijo querido, te invito a la fiesta de nuestro cumpleaños N° 15, en la cual seguirnos adelante, siendo protagonistas de nuestros momentos, de nuestras vivencias, y deseando que cada día, nuestro manifiesto sea la razón, y el ejemplo que te permita anhelar, algún día en tu vida, tener una mujer que te acompañe, y a quien acompañar.

Feli, papi y mami estamos al igual que tú, llegando a otra etapa de la vida, y es maravilloso para nosotros, y en especial para mí, saber que en mi vejez tendré a una mujer tan linda como mami a mi lado.

Feli hijo. Hoy mami y yo no sentimos el tiempo, confesamos que hemos vivido muy felices nuestra vida de casados.

Con amor le dedicamos a nuestro hijo nuestros quince.        

            

Mami y papi